La vida es una escuela de la cual todos somos estudiantes, y los maestros están en todas partes.
Entonces notó que Alvin, su alumno problema, la estaba observando. Y se molestó más. «¿Por qué ese cretino no viene a ayudarme, en vez de estar ahí sin mover un dedo?», pensó.
Así transcurrieron algunos minutos hasta que Alvin se acercó.
—Profe, parece que tiene problemas para cambiar la llanta.
—Así es —admitió de mala gana la profesora.
—No sabe cómo hacerlo, ¿verdad? —inquirió Alvin.
—No. No lo sé.
—¿Y cómo se siente al no saber hacerlo?
—Me siento fracasada.
—Pues ahora ya se puede imaginar cómo me siento yo en su clase de inglés.
Le propongo un trato, profe. Si la ayudo a cambiar la llanta, ¿me ayudaría usted a aprobar su clase?
La profesora aceptó el trato y, según ella misma relata, todo cambió a partir de ese momento. Fiel al acuerdo, ayudó a Alvin a aprobar la materia. Mejor aún, ella misma se convirtió en una docente más comprensiva, más humana. Ahora, cada año les dice a sus alumnos que ella «no se las sabe todas», que no tienen por qué sentirse mal cuando se equivocan, porque todos cometemos errores.
¿Qué produjo el cambio en ella? Bueno, se dio cuenta de que en la escuela de la vida todos somos alumnos, pues nadie se las sabe todas.
Entonces, ¡hagamos lo mejor que podamos con los talentos que Dios nos ha dado!
Padre mío, ayúdame hoy a hacer el mejor uso de las habilidades con las que me has creado.
Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente
Por Fernando Zabala


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